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Todo cabe Entradas

La fiambrera

El niño observa con asombro el trasiego de bandejas en la terraza del restaurante. Su padre, tras despedirse del camarero con quien conversaba —un viejo amigo—, le toma de la mano y juntos se dirigen al pinar que hay justo enfrente. Es consciente del interés que el local ha despertado en su hijo y se ve obligado a justificarse: «A nosotros no nos gustan esos sitios tan ruidosos, ¿verdad? Preferimos la quietud del campo, el olor a resina,… vivir la naturaleza».
La madre les espera sentada sobre la manta que ha extendido bajo un árbol, con una botella de agua que ha llenado en la fuente. El padre abre una fiambrera y el pequeño se lanza a rebuscar en su interior, con el afán de quien desentierra un tesoro, hasta que encuentra un calamar, oculto entre un par de aceitunas, restos de ensaladilla y media croqueta. Mientras come, desvía la vista hacia el restaurante, donde el camarero está recogiendo las mesas de los clientes que ya han acabado. Al verlo guardar en una fiambrera las sobras que encuentra, el pequeño se levanta de un salto y exclama: «¡Mira, papá, es igual que la nuestra!».

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Ilegítimo

María nunca hubiera invitado a entrar en casa a un extraño estando prometida, pero no le podía negar la hospitalidad a quien venía de parte del señor. Acostumbrada a la servidumbre, la actitud del visitante la pilló desprevenida. Su voz sonaba cálida y miraba a la mujer a los ojos con interés pero con respeto. Para quien la vida consistía en lavar, cocinar y atender el huerto, cualquier atención representaba un oasis. Casi sin pensarlo, la oportunidad se transformó en urgencia y, en un momento breve e irrepetible, se desbordó la pasión.
La boda se celebró a pesar del embarazo. Sin duda, su esposo sabía que no era el padre, pero eso jamás fue motivo de reproche. Ella supuso que lo hacía por evitar la deshonra. Y que, tarde o temprano, le impondría un castigo. Sufría pesadillas en las que la apartaban del bebé nada más dar a luz.
Pasado un tiempo y tras comprobar que sus temores eran infundados, María se sinceró con una persona que puso su historia por escrito. Y así llegó hasta nosotros, convertida en una fábula donde la palabra «señor» comienza con mayúscula, ella siempre fue virgen y, por supuesto, los ángeles no tienen sexo.

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Despedida

Cuando escuché en alguna parte que aquel hombre había muerto de nostalgia, no fue exactamente dolor lo que sentí. Más bien fue esa tristeza exigua, casi intangible, que trae consigo el fallecimiento prematuro de alguien a quien has conocido en persona, aunque no hayas tenido mucho trato con él.
Siempre se mostró atento y respetuoso. Si me veía sentada junto a la puerta del supermercado, me saludaba con una tímida sonrisa y, al salir, me daba comida o algo de dinero. Incluso hubo un día, cuando se acercaba el invierno, en que me trajo un abrigo usado. «Ya nadie lo utiliza», me dijo. «Tú lo podrás aprovechar, te queda como un guante».
Recuerdo muy bien la última vez que lo vi porque ahora, de algún modo, creo que aquel encuentro resultó premonitorio. Caminaba con la prisa de los que huyen de algo, o de alguien, y su mirada era distinta. Sus ojos, mustios, parecían decirme adiós mientras tiraba de la mano de su hijo y la voz del pequeño se reducía a un susurro, cada vez más lejano, que dejaba entrever la palabra «mamá».

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Hay que mimarlas…

Eso es lo que repite Raquel una y otra vez. Dice que la orquídea necesita luz, pero nunca sol directo, y la cambia de lugar varias veces al día. No se ha dado cuenta de que se secó hace tiempo y la sustituí por una artificial. Ella continúa con su rutina. Riega los martes y los viernes, anota cuándo añade el abono y, sobre todo, le habla, le sonríe, acaricia sus hojas como si el plástico pudiera percibirlo.
A menudo pienso que a Raquel se le escurre la realidad entre los dedos y jamás será capaz de retenerla. Sin embargo, no puedo negar que sus progresos son considerables, solo necesita un poco de afecto y estímulos positivos para continuar mejorando. La abrazo y poso mi mano en su nuca. Estoy tentado de explicarle que lo que no está vivo no siente de verdad. Pero no creo que esté preparada aún para enfrentarse a esa paradoja, así que decido acostarla. Con mucha suavidad, deslizo la mano por su cuello y busco el interruptor.

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La vida es sueño

Si pasearas con Victorino por las calles de Armozas, te diría que es la cuna de los sueños, aunque solo él y Carmen habiten su censo menguante. Señalaría la carretera mal asfaltada, precario cordón umbilical entre el pueblo y sus emigrantes, y te hablaría de los sueños de su hijo, que escapó a la capital con la urgencia del convicto en una prisión. En el puente del camino de Malpaso, te mostraría la orilla del río donde, los fines de semana, los urbanitas sueñan con un retiro apacible, al menos hasta que vuelven a sentir cómo tiran de ellos los grilletes que les anclan a la ciudad. Pero tendrías que esperar a llegar hasta el portal de la antigua escuela para que te revelara sus propios sueños. Tras el chirrido de unos goznes oxidados descubrirías el brillo y el olor a nuevo de una pizarra, varias filas de pupitres y una mesa de maestro.
Si por una de aquellas casualidades de la vida, Victorino te invitara a su casa, verías que en el estante que hay sobre la chimenea conserva un libro de Calderón de la Barca. Como una Biblia que cada día renueva su fe en que los sueños que no se sueñan son siempre sueños que nunca se cumplen.

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Aquelarre

Mi microrrelato «Aquelarre» ha sido seleccionado entre los finalistas del mes de octubre del VII Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo y que optarán al primer premio. Se han publicado en la revista Compromiso y Cultura.

Aquelarre

Las carcajadas revientan el silencio del bosque. Cualquiera que pasara por allí se hubiera sobrecogido al oír las maldiciones proferidas contra los hombres. O al verlas danzar en corro, vociferando alrededor de la hoguera mientras consumían sus brebajes.
El encuentro no se alarga demasiado. Ahogan el fuego con tierra, recogen los restos y, con la sonrisa traviesa de quien hace algo a escondidas, se despiden y retornan a sus vidas.
Sabrina tiene que atravesar la plaza del pueblo para volver a casa. Algunos vecinos se santiguan al verla y le dirigen una mirada a medio camino entre el rechazo y el desdén. Más de uno piensa que esas reuniones de mujeres son abominables, que habría que prohibirlas. Incluso algunos dicen que adoran al mismísimo Satán.
A veces, ella misma se ve en el espejo, escoba en mano, y se imagina echando a volar como si fuera una bruja. Al fin y al cabo, ya duerme con el diablo. Ese que, por no tener lista la cena, le espera en casa con la mano levantada otra vez.

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Aires de suficiencia

Un virtuoso no merece semejante audiencia, piensa el violinista. Palmean como el público que asiste a un programa de televisión para jalear, sin criterio alguno, todas las frases del presentador. Si apreciaran realmente la música, sabrían que solo se aplaude al acabar la obra, no tras lo que debería haber sido una brevísima y tranquila pausa para acomodar el violín después del segundo movimiento.

Espera a que acaben. Y entonces cierra los ojos, aprieta los labios y comienza a interpretar la última parte con vehemencia. Sus dedos, arrebatados, enlazan infinitas notas en cada pase de arco. Con una técnica impecable, aumenta progresivamente el tempo hasta convertir el allegro en un prestissimo frenético que no detiene al llegar al final de la pieza, sino que prolonga en un ejercicio de improvisación.

Al cabo de un rato, deja de tocar, levanta el arco y se queda mirándolos, asintiendo, como si les diera permiso para aplaudir. El grupo, ya bastante menguado, se dispersa en silencio. Un par de personas se acercan para echarle unas monedas.

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