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Todo cabe Entradas

Despedida

Cuando escuché en alguna parte que aquel hombre había muerto de nostalgia, no fue exactamente dolor lo que sentí. Más bien fue esa tristeza exigua, casi intangible, que trae consigo el fallecimiento prematuro de alguien a quien has conocido en persona, aunque no hayas tenido mucho trato con él.
Siempre se mostró atento y respetuoso. Si me veía sentada junto a la puerta del supermercado, me saludaba con una tímida sonrisa y, al salir, me daba comida o algo de dinero. Incluso hubo un día, cuando se acercaba el invierno, en que me trajo un abrigo usado. «Ya nadie lo utiliza», me dijo. «Tú lo podrás aprovechar, te queda como un guante».
Recuerdo muy bien la última vez que lo vi porque ahora, de algún modo, creo que aquel encuentro resultó premonitorio. Caminaba con la prisa de los que huyen de algo, o de alguien, y su mirada era distinta. Sus ojos, mustios, parecían decirme adiós mientras tiraba de la mano de su hijo y la voz del pequeño se reducía a un susurro, cada vez más lejano, que dejaba entrever la palabra «mamá».

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Hay que mimarlas…

Eso es lo que repite Raquel una y otra vez. Dice que la orquídea necesita luz, pero nunca sol directo, y la cambia de lugar varias veces al día. No se ha dado cuenta de que se secó hace tiempo y la sustituí por una artificial. Ella continúa con su rutina. Riega los martes y los viernes, anota cuándo añade el abono y, sobre todo, le habla, le sonríe, acaricia sus hojas como si el plástico pudiera percibirlo.
A menudo pienso que a Raquel se le escurre la realidad entre los dedos y jamás será capaz de retenerla. Sin embargo, no puedo negar que sus progresos son considerables, solo necesita un poco de afecto y estímulos positivos para continuar mejorando. La abrazo y poso mi mano en su nuca. Estoy tentado de explicarle que lo que no está vivo no siente de verdad. Pero no creo que esté preparada aún para enfrentarse a esa paradoja, así que decido acostarla. Con mucha suavidad, deslizo la mano por su cuello y busco el interruptor.

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La vida es sueño

Si pasearas con Victorino por las calles de Armozas, te diría que es la cuna de los sueños, aunque solo él y Carmen habiten su censo menguante. Señalaría la carretera mal asfaltada, precario cordón umbilical entre el pueblo y sus emigrantes, y te hablaría de los sueños de su hijo, que escapó a la capital con la urgencia del convicto en una prisión. En el puente del camino de Malpaso, te mostraría la orilla del río donde, los fines de semana, los urbanitas sueñan con un retiro apacible, al menos hasta que vuelven a sentir cómo tiran de ellos los grilletes que les anclan a la ciudad. Pero tendrías que esperar a llegar hasta el portal de la antigua escuela para que te revelara sus propios sueños. Tras el chirrido de unos goznes oxidados descubrirías el brillo y el olor a nuevo de una pizarra, varias filas de pupitres y una mesa de maestro.
Si por una de aquellas casualidades de la vida, Victorino te invitara a su casa, verías que en el estante que hay sobre la chimenea conserva un libro de Calderón de la Barca. Como una Biblia que cada día renueva su fe en que los sueños que no se sueñan son siempre sueños que nunca se cumplen.

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Aquelarre

Mi microrrelato «Aquelarre» ha sido seleccionado entre los finalistas del mes de octubre del VII Certamen de Microrrelatos Javier Tomeo y que optarán al primer premio. Se han publicado en la revista Compromiso y Cultura.

Aquelarre

Las carcajadas revientan el silencio del bosque. Cualquiera que pasara por allí se hubiera sobrecogido al oír las maldiciones proferidas contra los hombres. O al verlas danzar en corro, vociferando alrededor de la hoguera mientras consumían sus brebajes.
El encuentro no se alarga demasiado. Ahogan el fuego con tierra, recogen los restos y, con la sonrisa traviesa de quien hace algo a escondidas, se despiden y retornan a sus vidas.
Sabrina tiene que atravesar la plaza del pueblo para volver a casa. Algunos vecinos se santiguan al verla y le dirigen una mirada a medio camino entre el rechazo y el desdén. Más de uno piensa que esas reuniones de mujeres son abominables, que habría que prohibirlas. Incluso algunos dicen que adoran al mismísimo Satán.
A veces, ella misma se ve en el espejo, escoba en mano, y se imagina echando a volar como si fuera una bruja. Al fin y al cabo, ya duerme con el diablo. Ese que, por no tener lista la cena, le espera en casa con la mano levantada otra vez.

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Aires de suficiencia

Un virtuoso no merece semejante audiencia, piensa el violinista. Palmean como el público que asiste a un programa de televisión para jalear, sin criterio alguno, todas las frases del presentador. Si apreciaran realmente la música, sabrían que solo se aplaude al acabar la obra, no tras lo que debería haber sido una brevísima y tranquila pausa para acomodar el violín después del segundo movimiento.

Espera a que acaben. Y entonces cierra los ojos, aprieta los labios y comienza a interpretar la última parte con vehemencia. Sus dedos, arrebatados, enlazan infinitas notas en cada pase de arco. Con una técnica impecable, aumenta progresivamente el tempo hasta convertir el allegro en un prestissimo frenético que no detiene al llegar al final de la pieza, sino que prolonga en un ejercicio de improvisación.

Al cabo de un rato, deja de tocar, levanta el arco y se queda mirándolos, asintiendo, como si les diera permiso para aplaudir. El grupo, ya bastante menguado, se dispersa en silencio. Un par de personas se acercan para echarle unas monedas.

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Salvapatrias

Es la eterna cuestión de cuánto tiempo hay que dejar la bolsita de té en el agua. Con solo un minuto de diferencia la infusión puede resultar demasiado amarga o ligera en exceso. Se ha convertido casi en una obsesión. Ha llevado a cabo pruebas durante días y días para encontrar el dichoso punto perfecto. El último intento también ha resultado infructuoso y, como en todas las ocasiones anteriores, descarga su ira ordenando otra ejecución. Que tenga éxito en esta misión es trascendental. De ello depende el bienestar de su pueblo.

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La elipsis

Tropecé con ella en un rincón de la biblioteca. No tenía buen aspecto y deduje que había sido maltratada por uno de esos novelistas convencidos de que hay que narrarlo todo al detalle. Yo era un escritor primerizo y me atrajo el reto de incluir alguna en mis textos, de modo que decidí acogerla.
Enseguida descubrí que no era de trato fácil. Los primeros días atribuí su mutismo a la falta de confianza, pero luego comprendí que aquel comportamiento era fruto de su propia naturaleza. De pocas palabras, requería un cierto esfuerzo entenderla, ya que siempre andaba con sobreentendidos y omisiones. Durante todo el tiempo en el que convivimos, toda tentativa para incorporarla en mis escritos acabó en historias absurdas o ininteligibles.
Al cabo de unas semanas me convencí de que no estaba preparado para adoptarla y la devolví al lugar donde la había encontrado. La recuerdo allí plantada, mirándome, despidiéndose con su silencio. Un silencio que aún hoy retumba con más fuerza que cualquiera de las páginas que yo haya podido escribir.

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