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Mes: enero 2018

La vida de los otros

Lava con cuidado el vestido de novia de una boda que nunca se celebró. Plancha escrupulosamente los pantalones de un marido con el que no se ha casado. Limpia el abrigo de un hijo que no tuvo. Prefiere clientes de edad avanzada, frágiles, más próximos a la muerte. Mantener la esperanza de que nadie venga a buscar sus prendas y apropiárselas. Doblarlas con esmero, ordenarlas en el armario. Prolongar de este modo, con mayor o menor fortuna, el engaño de su propia existencia.

 

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Performance

El teatro se halla absolutamente vacío. Los actores la observan atentamente desde el escenario siguiendo sus movimientos con expectación, es el único punto de atención en aquel patio de butacas desierto. Las luces se apagan y una prolongada ovación rompe el silencio, a lo que ella responde con una reverencia y arrojando un beso con ademán gracioso. Primero, se viste con una indumentaria que anuncia la identidad del personaje. A continuación, extiende el maquillaje intentando aparecer lo más natural posible, pero el rictus de su rostro moldea una careta grotesca. Desde la puerta, contempla el foso que separa el teatro del inmenso escenario de su existencia. Repasa la escena y, como cada día, sale a la calle dispuesta a repetir la misma función.

 

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El último cliché

El detective no puede sacudirse esa sensación de que algo grave va a suceder. Es el momento de afrontar sus miedos, de dejar atrás ese pasado tortuoso que sus excesos con el alcohol nunca han logrado borrar. Su instinto le conduce a una habitación de la planta superior. A través de la puerta entreabierta observa a un hombre absorto ante la pantalla de un ordenador. Cruza la estancia con sigilo y alcanza a leer una frase: «todo había sido un sueño». Y con esa certeza, antes de que cambie de opinión, le rompe el cuello al autor de su novela.

 

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Escritor perdido

Luce una crecida melena, barba descuidada y le urge una muda de ropa. Una montaña de papel arrugado anuncia los días que lleva persiguiendo escribir algo. Aislado, sigue una dieta frugal y lleva una vida contemplativa, paseando entre las palmeras, buscando la inspiración. El éxito unánime de crítica cosechado por su primer libro le bloquea. Siente la presión y ninguna idea le parece suficientemente digna. Es su última oportunidad, no queda otro pedazo de papel en toda la isla. Se dirige a la playa, lo introduce en la botella y la lanza al mar. Necesito más tiempo, dice la nota.

 

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Incomprendido

Salta entre los árboles columpiándose por las lianas hasta posarse en una rama. En el momento que lanza su potente grito de inspiración tirolesa, se desencadena el caos bajo sus pies. Un grupo de animales se dirige en una estampida atropellada hacia los confines de la selva, escapando de ese alarido punzante que los mortifica. Saluda al chimpancé rezagado que levanta tímidamente la mano para despedirse. Nunca consiguió aprender el lenguaje de la manada de simios que le adoptó. Como tampoco entendía a aquella mujer tan insistente que solo repetía «Yo, Jane» y que hace tiempo que le ha abandonado.

 

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Nuevas experiencias

El barco ha encallado en una fila interminable de rocas. Como sospechaba la tripulación, Casper no tiene ni la menor idea de cómo manejar el navío del capitán holandés. Con las notas de «Unchained melody» de fondo, el fantasma de Canterville no ve cómo salir airoso de la situación, nadie le ha explicado cómo funciona un torno de alfarero y mientras abraza a la chica, le angustia el miedo a no dar la talla. Exhausto de tanto mover muebles y dar portazos misteriosos sin ser visto, el espectro de Abraham Lincoln se rompe la cabeza para descubrir cómo hacer de poltergeist en la pantalla del televisor. Paradójicamente, su sustituto en la Casa Blanca se aburre con desesperación. Por algún motivo, resulta normal ver a un jinete sin cabeza en el sillón presidencial. Nadie recuerda quien tuvo la idea de los intercambios para dar un nuevo impulso a su vida fantasmal, pero lo que está claro es que probar cosas nuevas no ha resultado tan excitante como esperaban. Es lo que pasa cuando contratas con agencias de bajo coste, piensa con resignación Freddy Krueger. Le ha tocado hacer de fantasma de Elvis cuando todo el mundo sabe que es una leyenda urbana. Lo peor es que encima en Graceland le han cobrado entrada.

 

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Payaso callejero

Aparece casi a diario a media mañana, le sirvo su taza de café y lo dejo ensimismado, con los ojos vacíos y la mirada perdida. Siempre acude maquillado, con su traje de rombos y su sombrero. Cuando despertó, el circo ya no estaba allí. O eso dicen, aunque se desconoce en qué momento llegó, dónde vive, ni quién es en realidad. Desde la cafetería, justo enfrente, puedo ver la parada de autobuses donde se esfuerza por conseguir unas monedas o algo de comer. No es un espectáculo al uso, mira fijamente a la gente sin disimulo, con una expresión carente de emociones, a la vez divertida e incómoda, seductora y repulsiva. No hay un solo día en que no caiga en la tentación de observarle, y sin embargo, si me devuelve la mirada finjo interesarme de nuevo en cualquier otra cosa. Nadie sabe si está vivo o muerto. A veces nos hace reír.

 

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Fracaso

Sus padres querían que fuera músico, pero su verdadera pasión era la medicina. «No te vas a dedicar a eso, ¿de qué piensas vivir?» –le decían. Sin medios propios, hubo de transigir durante varios años hasta que, por azar, descubrió que sus canciones pop-rock tenían efectos en la salud y abrió un pequeño consultorio de medicina alternativa. Al compás de «tómate estas dos canciones una vez al día y me llamas la semana que viene», combatía ansiedades y mejoraba ritmos cardíacos. Se ganó fama en el barrio por sus fórmulas armónicas magistrales que componía específicamente para cada paciente. A pesar de todo, era tanta su indiferencia por la música que cada vez descuidaba más sus piezas. Una canción simplona con un efecto indeseado fue la razón de que cerrara el negocio acusado de negligencia. Comprados los derechos por una discográfica, la canción enseguida se convirtió en superventas. Resignado, ha aceptado su destino, aunque en ocasiones todavía se lamenta desde el balcón de su mansión con vistas al mar.

 

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