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Mes: mayo 2019

Indiferencia

El hombre acude a la comisaría para confesar su culpabilidad. Un agente le escucha con cierta desgana mientras expone con gran riqueza de detalles las circunstancias de la muerte de un huésped del hotel Flamingo, acaecida hace ya una semana. Explica que se ve incapaz de seguir haciendo frente a los remordimientos, que no puede permitir que sus familiares sigan sin conocer la verdad. El agente, sorprendido por el testimonio que acaba de escuchar, duda un instante, pero al momento lo invita a marcharse convencido de que solo busca notoriedad o no está en sus cabales. La falta de interés por resolver el caso devuelve al hombre al estado de ansiedad de la semana anterior. Regresa al hotel Flamingo y se tira de nuevo por el balcón.

 

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Todo en orden

Deja el sobre encima de la mesa y bebe el último sorbo de vino antes de comenzar el discurso que ha ensayado tantas veces. Con tono solemne pero al mismo tiempo conmovedor, proclama que mientras coma cada día y tenga donde vivir, el resto será para sus nietos. Tan solo se lamenta de la mujer que viene a limpiar, lo cambia todo de sitio. La muchacha recuerda que a su padre nunca le ha gustado que los demás toquen sus cosas. Sonríe, acepta el dinero con menos remordimientos y mira su reloj, tiene que ir a buscar a los niños. Después de un abrazo parten en direcciones opuestas. Horas más tarde, el anciano se encuentra reuniendo sus pertenencias en un rincón cuando aparece la operaria. La mujer barre a su alrededor y vacía las papeleras como si el hombre y sus cartones ni siquiera estuvieran allí.

 

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Trastorno sistémico

En los últimos días de verano, mi padre comenzó a sufrir ataques de fatiga, ansiedad e incluso tristeza, como aquejado de una súbita dolencia. Al ver que se pasaba todo el día en la cama sin hacer nada, mi madre se alarmó y le convenció para que acudiéramos a urgencias. La sala de espera estaba abarrotada de turistas por la época del año, y tuvimos que esperar varias horas a que nos atendieran. Cuando por fin nos llegó el turno, tras detallarle los síntomas, el médico nos aseguró que podíamos estar tranquilos. Padecía el síndrome postvacacional, en cuanto volviéramos a casa se adaptaría de nuevo a la rutina laboral. Aunque el diagnóstico no nos había dejado demasiado satisfechos, estábamos a punto de marchar, cuando a mi hermano se le ocurrió hacer aquel comentario. Ahora no podemos salir de esta habitación, tienen la puerta cerrada a cal y canto y los médicos solo entran vestidos con trajes de seguridad para evitar cualquier contacto. Les preocupa que pueda haber más personas expuestas y ya están estudiando nuestro historial laboral para descubrir las causas. Todo porque a mi hermano le dio por aclarar que no somos turistas y que mi padre hace tiempo que no tiene ningún trabajo al que habituarse.

 

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