Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

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La vida oscura

Nada me llenaba más de júbilo que los paseos con mi madre por el prado. En cuanto la veíamos recogerse el borde del vestido sabíamos que enseguida estaríamos todos riendo a carcajadas y trotando como locos hasta caer rendidos. Entonces, sentados en la hierba, se ponía muy seria para explicarnos que debíamos estar preparados por si las estrellas caían del cielo y era necesario correr para recuperarlas. Que una noche sin estrellas era muy negra.
Un día mi madre echó a correr y no volvió. Cuando le digo a mi padre que estoy seguro de que ha salido a recoger estrellas, se enfurece y dice que me deje de tonterías. Como si no supiera él, más que nadie, que desde entonces vivimos a ciegas.

La primera vez

No sabe que va a morir, ni siquiera le pasa por la cabeza. Solo se deja llevar, mecido por el traqueteo de la camioneta, obediente —como no podía ser de otra forma—, camino a las afueras de la ciudad.
El recorrido es breve. El vehículo se detiene junto a la cuneta, todos bajan y el oficial le manda que se coloque al lado de sus compañeros, perfectamente alineados. Lo que sucede a continuación le agarra por sorpresa. El grito de «carguen» hace que se ponga a temblar; con la orden de «apunten» se olvida del miedo y en su cabeza se desborda un torrente de pensamientos dispares: asesinato, injusticia, huida. Resignación. Pensamientos que se apagan con la detonación de los fusiles, pues en ese instante ya está muerto.
Pero él aún no lo sabe. Tendrá que esperar unos días, a que la camioneta le lleve de nuevo a las afueras de la ciudad y reciba la orden del oficial de formar un pelotón junto a sus compañeros; a que se oigan los gritos de «carguen, apunten, fuego». Entonces, cuando apriete el gatillo sin pensar en nada, lo sabrá.

Ritual

Jamás he sentido la vida más serena que embarcado en una canoa. Mi familia vivió aquí desde siempre; la Ciénaga era nuestro corazón y los peces la sangre que nos daba la vida. Cuando vinieron los forasteros, fue como si dejara de latir. Plantaron su jungla de hormigón y cemento, levantaron un dique y nos quedamos sin peces. «Si muere la Ciénaga, morimos todos», repetía mi padre. Por eso, una noche de luna llena, hartos de aguantar el hambre, afilamos los cuchillos en la piedra y salimos a buscarlos, aun sabiendo que ellos nos esperaban con escopetas. Sonaron balas, hundimos las hojas en sus carnes y el agua quedó cubierta de difuntos. No me arrepiento, no éramos mala gente.
Eso ocurrió hace unos veinte años. Desde entonces, cada luna llena vengo aquí, donde yo sé que están, aunque nadie los pueda ver. Miro sus restos podridos, como los peces que mataron. Les escupo y les maldigo. Me acuerdo de la bala que se incrustó en mi pecho. Luego vuelvo a la penumbra que inunda los manglares, entre los fantasmas de los que fuimos y dejamos de ser cuando la Ciénaga murió.

Primer contacto

Temblé de emoción cuando vi uno por primera vez. Asomado al balcón, vislumbré una forma con traza humana y unos ojos refulgentes que hubiera jurado que me contemplaban con el mismo asombro que sentía yo en aquel instante.
Un día, habían comenzado a caer del cielo unos insólitos seres de procedencia desconocida. Se había corrido la voz de que eran ángeles enviados por el Señor para transformar aquel lodazal de desgracias en un edén. Durante un tiempo, las iglesias se llenaron de nuevos conversos, pero la pobreza subsistió con inquebrantable persistencia. El desencanto sembró una idea que fue calando entre la gente como una lluvia fina: si no poseían alas, solo podían ser ángeles caídos, demonios expulsados del paraíso.
Hoy, cuando volvía de recoger un bocadillo en la parroquia, he visto a otro rebuscando en la basura. Unos vecinos le han gritado «hijo de Satán» y ha huido perseguido por un aluvión de piedras.
Intento explicárselo mientras devora su mitad con avidez e intercambiamos miradas curiosas. Contesta con palabras ininteligibles, pero sus ojos parecen decirme que, si es así como concebimos a los demonios, tal vez nuestro mundo sea un infierno que no somos capaces de reconocer.

La fiambrera

El niño observa con asombro el trasiego de bandejas en la terraza del restaurante. Su padre, tras despedirse del camarero con quien conversaba —un viejo amigo—, le toma de la mano y juntos se dirigen al pinar que hay justo enfrente. Es consciente del interés que el local ha despertado en su hijo y se ve obligado a justificarse: «A nosotros no nos gustan esos sitios tan ruidosos, ¿verdad? Preferimos la quietud del campo, el olor a resina,… vivir la naturaleza».
La madre les espera sentada sobre la manta que ha extendido bajo un árbol, con una botella de agua que ha llenado en la fuente. El padre abre una fiambrera y el pequeño se lanza a rebuscar en su interior, con el afán de quien desentierra un tesoro, hasta que encuentra un calamar, oculto entre un par de aceitunas, restos de ensaladilla y media croqueta. Mientras come, desvía la vista hacia el restaurante, donde el camarero está recogiendo las mesas de los clientes que ya han acabado. Al verlo guardar en una fiambrera las sobras que encuentra, el pequeño se levanta de un salto y exclama: «¡Mira, papá, es igual que la nuestra!».

Ilegítimo

María nunca hubiera invitado a entrar en casa a un extraño estando prometida, pero no le podía negar la hospitalidad a quien venía de parte del señor. Acostumbrada a la servidumbre, la actitud del visitante la pilló desprevenida. Su voz sonaba cálida y miraba a la mujer a los ojos con interés pero con respeto. Para quien la vida consistía en lavar, cocinar y atender el huerto, cualquier atención representaba un oasis. Casi sin pensarlo, la oportunidad se transformó en urgencia y, en un momento breve e irrepetible, se desbordó la pasión.
La boda se celebró a pesar del embarazo. Sin duda, su esposo sabía que no era el padre, pero eso jamás fue motivo de reproche. Ella supuso que lo hacía por evitar la deshonra. Y que, tarde o temprano, le impondría un castigo. Sufría pesadillas en las que la apartaban del bebé nada más dar a luz.
Pasado un tiempo y tras comprobar que sus temores eran infundados, María se sinceró con una persona que puso su historia por escrito. Y así llegó hasta nosotros, convertida en una fábula donde la palabra «señor» comienza con mayúscula, ella siempre fue virgen y, por supuesto, los ángeles no tienen sexo.

Despedida

Cuando escuché en alguna parte que aquel hombre había muerto de nostalgia, no fue exactamente dolor lo que sentí. Más bien fue esa tristeza exigua, casi intangible, que trae consigo el fallecimiento prematuro de alguien a quien has conocido en persona, aunque no hayas tenido mucho trato con él.
Siempre se mostró atento y respetuoso. Si me veía sentada junto a la puerta del supermercado, me saludaba con una tímida sonrisa y, al salir, me daba comida o algo de dinero. Incluso hubo un día, cuando se acercaba el invierno, en que me trajo un abrigo usado. «Ya nadie lo utiliza», me dijo. «Tú lo podrás aprovechar, te queda como un guante».
Recuerdo muy bien la última vez que lo vi porque ahora, de algún modo, creo que aquel encuentro resultó premonitorio. Caminaba con la prisa de los que huyen de algo, o de alguien, y su mirada era distinta. Sus ojos, mustios, parecían decirme adiós mientras tiraba de la mano de su hijo y la voz del pequeño se reducía a un susurro, cada vez más lejano, que dejaba entrever la palabra «mamá».

Hay que mimarlas…

Eso es lo que repite Raquel una y otra vez. Dice que la orquídea necesita luz, pero nunca sol directo, y la cambia de lugar varias veces al día. No se ha dado cuenta de que se secó hace tiempo y la sustituí por una artificial. Ella continúa con su rutina. Riega los martes y los viernes, anota cuándo añade el abono y, sobre todo, le habla, le sonríe, acaricia sus hojas como si el plástico pudiera percibirlo.
A menudo pienso que a Raquel se le escurre la realidad entre los dedos y jamás será capaz de retenerla. Sin embargo, no puedo negar que sus progresos son considerables, solo necesita un poco de afecto y estímulos positivos para continuar mejorando. La abrazo y poso mi mano en su nuca. Estoy tentado de explicarle que lo que no está vivo no siente de verdad. Pero no creo que esté preparada aún para enfrentarse a esa paradoja, así que decido acostarla. Con mucha suavidad, deslizo la mano por su cuello y busco el interruptor.

La vida es sueño

Si pasearas con Victorino por las calles de Armozas, te diría que es la cuna de los sueños, aunque solo él y Carmen habiten su censo menguante. Señalaría la carretera mal asfaltada, precario cordón umbilical entre el pueblo y sus emigrantes, y te hablaría de los sueños de su hijo, que escapó a la capital con la urgencia del convicto en una prisión. En el puente del camino de Malpaso, te mostraría la orilla del río donde, los fines de semana, los urbanitas sueñan con un retiro apacible, al menos hasta que vuelven a sentir cómo tiran de ellos los grilletes que les anclan a la ciudad. Pero tendrías que esperar a llegar hasta el portal de la antigua escuela para que te revelara sus propios sueños. Tras el chirrido de unos goznes oxidados descubrirías el brillo y el olor a nuevo de una pizarra, varias filas de pupitres y una mesa de maestro.
Si por una de aquellas casualidades de la vida, Victorino te invitara a su casa, verías que en el estante que hay sobre la chimenea conserva un libro de Calderón de la Barca. Como una Biblia que cada día renueva su fe en que los sueños que no se sueñan son siempre sueños que nunca se cumplen.

Aires de suficiencia

Un virtuoso no merece semejante audiencia, piensa el violinista. Palmean como el público que asiste a un programa de televisión para jalear, sin criterio alguno, todas las frases del presentador. Si apreciaran realmente la música, sabrían que solo se aplaude al acabar la obra, no tras lo que debería haber sido una brevísima y tranquila pausa para acomodar el violín después del segundo movimiento.

Espera a que acaben. Y entonces cierra los ojos, aprieta los labios y comienza a interpretar la última parte con vehemencia. Sus dedos, arrebatados, enlazan infinitas notas en cada pase de arco. Con una técnica impecable, aumenta progresivamente el tempo hasta convertir el allegro en un prestissimo frenético que no detiene al llegar al final de la pieza, sino que prolonga en un ejercicio de improvisación.

Al cabo de un rato, deja de tocar, levanta el arco y se queda mirándolos, asintiendo, como si les diera permiso para aplaudir. El grupo, ya bastante menguado, se dispersa en silencio. Un par de personas se acercan para echarle unas monedas.

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