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El don de la vida

El hombre maneja cada títere con maestría. Los hace caminar, saltar y bailar, pero sobre todo, él es la voz tras aquella marea de palabras cautivadoras que fabrican sonrisas y conmueven al mismo tiempo. Entre aplausos se oye comentar que humaniza a los objetos. Los hace tan convincentes que parecen seres reales, murmuran los espectadores. No es este el secreto del artista. Sentado en el camerino espera a que sus marionetas formulen ese hechizo que le resucitará para la próxima función. Como si de verdad tuviera vida propia.

 

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