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La vida es sueño

Si pasearas con Victorino por las calles de Armozas, te diría que es la cuna de los sueños, aunque solo él y Carmen habiten su censo menguante. Señalaría la carretera mal asfaltada, precario cordón umbilical entre el pueblo y sus emigrantes, y te hablaría de los sueños de su hijo, que escapó a la capital con la urgencia del convicto en una prisión. En el puente del camino de Malpaso, te mostraría la orilla del río donde, los fines de semana, los urbanitas sueñan con un retiro apacible, al menos hasta que vuelven a sentir cómo tiran de ellos los grilletes que les anclan a la ciudad. Pero tendrías que esperar a llegar hasta el portal de la antigua escuela para que te revelara sus propios sueños. Tras el chirrido de unos goznes oxidados descubrirías el brillo y el olor a nuevo de una pizarra, varias filas de pupitres y una mesa de maestro.
Si por una de aquellas casualidades de la vida, Victorino te invitara a su casa, verías que en el estante que hay sobre la chimenea conserva un libro de Calderón de la Barca. Como una Biblia que cada día renueva su fe en que los sueños que no se sueñan son siempre sueños que nunca se cumplen.

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