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Lo que el ojo no ve

Es el viejo truco del conejo pero al revés, sostiene el mago callejero cuando deja caer una zanahoria en su chistera. «No se rían», —ruega a su público— «en su interior se encuentra el conejo que introduje antes». Los espectadores le miran con indulgencia entendiendo que su agravio es genuino. Hasta que deja caer en el sombrero un pedazo de carne cruda y reta a quien quiera a meter la mano. Nadie se atreve, pero el mago ha completado el acto de prestidigitación con perfección absoluta, todos dejan buenas propinas.

 

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