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Naturaleza inocente

Una niña sentada en el puente con los pies colgando me observa con ojos inquietos. Le llama la atención el manto de piedras pulidas, los destellos que desprenden cuando reflejan la luz del sol. Levanta un brazo y hace un gesto como si imaginara tocarlas, notar su tacto suave. A su vez, yo la contemplo admirada por su curiosidad sin límites, me intriga su capacidad para asombrarse con las cosas más elementales. De repente, se acerca a mí y, llena de júbilo, la llevo en volandas como un tobogán, en constantes subidas y bajadas, inmersas en una avalancha de gritos y adrenalina, hasta que al fin, la acerco a las piedras. Primero las roza con la punta de los dedos. Luego, un impacto violento quiebra su cráneo para acabar flotando inerte a la deriva, envuelta en una bruma roja. Cómo iba yo a saber, siendo agua en descenso perpetuo, que caer pudiera ser un gesto involuntario. O cómo una niña iba a sospechar que una corriente en la que tanta vida fluye, ocultara tan bien la muerte.

 

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