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Pruebas circunstanciales

No es lo que parece, aunque a muchos los han ahorcado con pruebas menos sólidas. Para una persona observadora la esencia del caso está en los detalles. Que la posición del cadáver es incompatible con el ángulo de entrada de las heridas es más que obvio. Un vistazo rápido revela que las salpicaduras en la manga de Watson no concuerdan con un apuñalamiento, más bien invitan a pensar que ha intentado auxiliar a la víctima. El bisturí lleno de sangre que tiene en la mano tampoco es el arma del crimen, el tamaño de la hoja no coincide con la amplitud de las incisiones. Las evidencias apuntan a una explicación muy sencilla. Tras encontrar el cuerpo, lo movió con el propósito de comprobar su estado. Entonces, al oír que entraba alguien, pensó que era el asesino y se hizo con el bisturí para defenderse. Todas estas deducciones las lleva a cabo el detective en pocos segundos. Lo único que no encaja en esta teoría es el corte que secciona su propia arteria femoral. El viejo doctor se disculpa compungido. «Usted es el único que me ha visto aquí, Holmes. Pensaba que no me creería».

 

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