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El dinero no da la felicidad

Estaba a punto de tirar el recibo del cajero automático, cuando reparó en un texto inusual tras la ristra de números: «me gustaría volver a verte». Curioso por ver qué ocurría, realizó otra operación y la máquina extendió un nuevo comprobante con evidente propósito de flirteo. Al principio pensó que se trataba de una broma y se olvidó del asunto, pero con el tiempo le empezó a rondar por la cabeza la posibilidad de llevar a cabo un experimento. Decidido, acudió al cajero, seleccionó la opción de ingresar y junto con los billetes introdujo una nota. La respuesta resultó muy ingeniosa y le arrancó una sonrisa. A partir de ese momento mantuvo numerosas conversaciones sacando dinero en pequeñas cantidades que volvía a ingresar de inmediato. Descubrió que tenían muchas cosas en común, y pronto presintió que esa amistad se podía convertir en algo más. El día que caducó la tarjeta, pasó la noche inquieto, fantaseando con mensajes apasionados. En cuanto recibió una nueva, acudió a hacer un ingreso, pero únicamente obtuvo un comprobante con los datos de la transacción. Insistió varias veces, desesperado, hasta que finalmente consiguió una respuesta. No te conozco, déjame en paz, decía.

 

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