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Mes: julio 2018

Inexistencialismo

El hombre conjeturado existe únicamente como resultado del juicio que a partir de diversos indicios forman otros hombres de él. Tomemos por ejemplo el individuo que pide en la esquina por la que pasamos cada día al ir a trabajar. Supongamos que le damos un paquete de arroz y lo rechaza. En ese instante nuestro veredicto modifica su identidad, pasando a ser una persona desagradecida o un farsante. Pero lo realmente destacable es que al no verlo en la misma esquina cuando volvemos a casa el hombre conjeturado deje de existir. Las distintas corrientes filosóficas difieren en sus interpretaciones acerca de cómo es posible poseer la cualidad de inexistente y ser un farsante al mismo tiempo. Que se pueda hablar de un «yo» referido a este sujeto es todavía objeto de estudio. Por ahora, la única verdad incontestable es que vivir sin gas o electricidad hace difícil calentarse o cocinar un arroz.

 

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Artes circenses

Los hermanos Kulibali somos expertos en acrobacias, nuestro talento es incuestionable. Si subir los seis metros de altura ya es un prodigio de agilidad, mantener el equilibrio allá en lo alto durante tanto tiempo proporciona momentos de enorme intensidad dramática. Todo el mundo puede comprobar que no hay truco, lo importante es tener convicción, si te lo piensas mucho ni lo intentas. Antes éramos cuatro, ahora solo quedamos dos. Es necesaria una gran disciplina mental para no capitular después de ver a otros caer de la valla tras dejarse la carne en las cuchillas. Sin embargo, siempre cerramos los ojos, apretamos los dientes y volvemos a intentarlo. Nadie nos va a dar otra solución. Como dicen en el circo, el espectáculo debe continuar.

Seleccionado entre los finalistas del VI Concurso Purorrelato de Casa África para formar parte de la publicación digital.

 

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Los reprochadores

Hay quien siempre juzga de un modo inclemente las acciones de otras personas, aún a sabiendas de que no hay nada que censurar. Señalan aquella mota de polvo en una grifería que brilla como un espejo o con la excusa de haberlos probado mejores, desaprueban un plato suculento. Mi familia, por el contrario, acepta las cosas tal como vienen. Mamá tolera los reproches resignada, unos están arriba y otros abajo, murmura a menudo. Mi padre se consuela diciendo que en realidad esa gente critica en los demás lo que no les gusta de sí mismos. Entonces me acuerdo de cuando la señora regañó a mi hermano al intentar coger una prenda del tendedero. El pobre me vino llorando porque ansiaba taparse para evitar las burlas por su pie fantasma. Aunque respeto mucho a papá, me cuesta creer que la señora también tenga un enorme vacío en la pierna más allá de la rodilla.

 

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Diferencias de criterio

Es cierto que desde que me lo dijo no ha conseguido articular palabra. Incluso reconozco que el charco de sangre y ese cuerpo repleto de agujeros de bala refuerzan su argumento. Con todo, no voy a rematarlo como me pide, eso de que es un muerto en vida son pamplinas. Me niego a aceptarlo sin consensuar una definición de lo que consideramos zombi, aunque lo use en sentido figurado. Dejaré que se desangre hasta morir como es debido. A ver si entonces sigue diciendo lo mismo.

 

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Ecos

Encuentra al muchacho profundamente dormido en el sofá del salón. El atuendo, los utensilios y esa bolsa de la que sobresalen algunos objetos que deberían estar sobre la chimenea, hacen evidente que ha entrado en la casa para robar. Se siente incapaz de decirle nada, no hay duda de que es un principiante. Al cabo de un rato, el joven entra en la cocina mientras la mujer hace el desayuno. Es inquieto y da buena conversación, simpatizan enseguida. Le ofrece quedarse unos días si no tiene otro sitio. Los días acaban convirtiéndose en semanas en las que ella agradece la compañía. Así y todo, nunca llega a olvidar el incidente, y con el paso del tiempo se obsesiona con la duda. La cosa es que jamás logrará confiar del todo en él, lo sabe muy bien. Esta noche abrirá el cajón donde esconde la ganzúa y saldrá a la calle dispuesta a encontrar un nuevo hogar.

 

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El don de la vida

El hombre maneja cada títere con maestría. Los hace caminar, saltar y bailar, pero sobre todo, él es la voz tras aquella marea de palabras cautivadoras que fabrican sonrisas y conmueven al mismo tiempo. Entre aplausos se oye comentar que humaniza a los objetos. Los hace tan convincentes que parecen seres reales, murmuran los espectadores. No es este el secreto del artista. Sentado en el camerino espera a que sus marionetas formulen ese hechizo que le resucitará para la próxima función. Como si de verdad tuviera vida propia.

 

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Devorados

Es una batalla campal. Una y otra vez mi cama desencaja sus mandíbulas intentando engullirme de un solo bocado, aunque siempre logro escabullirme. No pego ojo en toda la noche y llego tarde a la oficina. Mi jefe me clava una mirada de censura. Que pronto le bajarían los humos si tuviera conciencia de que un día su poltrona puede morderle, no sabe lo traicioneras que son.

 

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Errores propios

Mis textos gravitan en la transgresión de lo perceptible, soy como un floricultor que que recorta la maleza de lo material buscando revelar los secretos del alma. Y sin embargo un sol quemajoso abrasa mi corazón viéndolos malvenderse en un fracaso sin fin, desahuciados de todo concurso literario. Me hablas de excesos, acaso pensando que ignoro que los jurados ya descartan mi nombre de antemano. Cómo no iban a hacerlo si firmo con estos apellidos que tan desnudos, sin un desdichado adjetivo, embisten mi prosa y causan una sensación de escritura abigarrada.

 

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Pruebas circunstanciales

No es lo que parece, aunque a muchos los han ahorcado con pruebas menos sólidas. Para una persona observadora la esencia del caso está en los detalles. Que la posición del cadáver es incompatible con el ángulo de entrada de las heridas es más que obvio. Un vistazo rápido revela que las salpicaduras en la manga de Watson no concuerdan con un apuñalamiento, más bien invitan a pensar que ha intentado auxiliar a la víctima. El bisturí lleno de sangre que tiene en la mano tampoco es el arma del crimen, el tamaño de la hoja no coincide con la amplitud de las incisiones. Las evidencias apuntan a una explicación muy sencilla. Tras encontrar el cuerpo, lo movió con el propósito de comprobar su estado. Entonces, al oír que entraba alguien, pensó que era el asesino y se hizo con el bisturí para defenderse. Todas estas deducciones las lleva a cabo el detective en pocos segundos. Lo único que no encaja en esta teoría es el corte que secciona su propia arteria femoral. El viejo doctor se disculpa compungido. «Usted es el único que me ha visto aquí, Holmes. Pensaba que no me creería».

 

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