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Espejismo

El hombre del pañuelo rojo camina desde hace días perdido entre las dunas. Extenuado, a punto de desvanecerse, le parece ver unas sombras a lo lejos que no alcanza a distinguir. Primero piensa que es fruto de su imaginación, pero inmediatamente estalla en sus oídos un estrépito de bombos y trompetas. La incredulidad le da fuerzas para levantarse y mirar. Abre el cortejo la banda de música interpretando un repertorio de las coplas más populares. Tras ellos, las charangas, con pocas personas pero disfraces muy vistosos. Cerrando la marcha, un niño portando una nevera con helados. El hombre disfruta del colorido del desfile, contagiado del ambiente que se respira. Anima con palmas mientras los fastuosos trajes de lentejuelas se mueven con gracia al ritmo de la percusión, deslumbrado y asombrado al mismo tiempo por el espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Un sorbete de limón le trae recuerdos de la infancia y parece saciar de golpe toda su sed. El día transcurre tan alegre y animado que se olvida completamente de que está perdido en el desierto. Al llegar la noche, todos comparten un campamento improvisado. Eso fue hace tres días. Desde entonces, el niño ha ido dejando por el camino los cadáveres de sus padres, sin bombos ni lentejuelas, soñando con un sorbete de limón imposible. Del hombre del pañuelo rojo, ni rastro.

 

Publicado en la revista Almiar

espejismo

 

Publicado enRevistas literarias

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