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Feroces

Desearía poder rezar, pero no sabe ninguna oración. Va herido y se ha refugiado en el lugar más recóndito de ese bosque que recorre a diario y conoce tan bien. Aunque puede olerles mejor y verles mejor, tal es su agonía que es incapaz de escapar cuando las bestias aparecen apuntando con sus armas. Medio ahogado por la sangre, el grito brota de aquella boca tan grande de lobo, con la esperanza de que la niña pueda oírle mejor antes de que lleguen a la casa.

 

Publicado en el número anual, Año I, de la revista «La sirena varada«.

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Publicado enRevistas literarias

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