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Prejuicio

Hace rato que el niño tiene los ojos abiertos de par en par: es la primera vez que visita un circo con una exhibición de rarezas humanas. Su padre le ha llevado para enseñarle que esas personas no son atracciones de feria y que su oficio es tan digno como cualquier otro. No le cuesta demasiado. Donde los demás solo ven a un hombre con un cráneo tan reducido que parece la cabeza de un alfiler clavado en el cuerpo, el pequeño descubre a alguien alegre y lleno de talento. Es el único que escucha con interés el ingenioso monólogo de otro individuo que se mantiene de pie sobre un taburete con su tercera pierna, el resto del público ríe a carcajadas. Su entusiasmo se multiplica con cada nuevo personaje, hasta que llega a la última jaula y se queda embelesado contemplando la sonrisa de la niña camello, que nació con las rodillas dobladas hacia atrás y solo puede caminar a gatas. El padre se siente satisfecho. «Tal vez aún pueda ser alguien en la vida», piensa mientras vuelve a cubrir la cara de su hijo con una capucha antes de volver a casa.

prejuicio

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2 comentarios

  1. Y qué es la vida si no un circo. Solo hay que quitarse la venda de los ojos y ponerse una capucha.
    No me hagas mucho caso. Me hubiera encantado ser domadora de elefantes elegantes, pero no cantaba lo suficientemente bien, y me ha quedado un trauma que se agudiza cuando leo buenos microrrelatos.

  2. Lluís Talavera Lluís Talavera

    Gracias, Margarita 🙂 Prueba a domarlos con tus letras, seguro que tienes éxito y los dejas embelesados dando vueltas subidos a un taburete mientras te escuchan.

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