Convertido en lechuza por un conjuro, el príncipe tuvo que habituarse al comportamiento que le imponía su nueva condición. Durante el día se refugiaba en el silencio y la penumbra. Por las noches, se escondía y esperaba inmóvil hasta que un sonido delataba la presencia de algún anfibio al que apresar. Satisfecho su apetito, a menudo sobrevolaba el castillo, donde pasaba largos ratos observando a la princesa dormida y lamentándose de no ser ya quien era para poder despertarla con un beso. Suponía, incorrectamente, que tal sueño era permanente. En realidad, la muchacha se levantaba cada día temprano y salía en busca de una rana a la que besar, pensando que encontraría alguna a la que transformar en un apuesto príncipe. Una mañana, la joven atisbó en un agujero el plumaje de una lechuza y comprendió por qué cada vez había menos ranas en el estanque. Enfurecida, ordenó soltar a los halcones para que acabaran con el endemoniado animal, sin saber que, días después, soldados fieles al príncipe aparecerían en las puertas de su alcoba con las armas desenvainadas.