Todo cabe

Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

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Ley de vida

Tras considerar otras criaturas mitológicas, no pude resistir la tentación. Seducido por el color dorado de su cola me compré una sirena. Me llevó cierto tiempo aprender a mantenerla en un piso de forma adecuada. Cuando el acuario se quedó pequeño, la trasladé a la bañera, añadiendo rocas y algas para crear un ambiente confortable. La alimentación también fue un quebradero de cabeza, nunca sabía si le daba poco o era demasiado, pero al final le cogí la medida. Con todo, no me arrepiento de mi elección. Me gusta encontrarla al llegar, meneando la cola para recibirme de esa forma tan simpática. Es cariñosa y divertida, y no cambiaría por nada los domingos de cartas y té de jazmín. Cuando estoy fuera, dejo las llaves de casa a algún vecino para darle de comer. Me sabe mal, pero nunca les aviso de que se pongan tapones en los oídos, por eso de no quedar subyugados por su voz cautivadora. Si no, de qué iba a vivir la pobre.

 

 

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Sexto sentido

Duda de su capacidad de resolver tan incierta situación hasta el punto de que la ha acabado aceptando como algo sin remedio. La coyuntura se repite tres o cuatro veces al día. Nota una especie de punzadas en la nuca que le recuerdan su presencia. Se dirige al sótano y entre súplicas, lamentos y frases confusas les deja algo de comida, pero sin quitarles los grilletes. Ellos creen que están vivos, le falta convicción para tratar de sacarles de su error. En ocasiones ve muertos. Y piden ayuda a gritos.

 

Publicado en el suplemento «Halloween de cuento» del número 21 de la revista «El Narratorio», noviembre 2017.

 

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Limbo

Aquel hombre que cuando viaja solamente tiene ojos para su cámara, se estremece de angustia si se deja algo por fotografiar. Lo que la lente no capta se convierte en un recuerdo dudoso que, con el tiempo, acaba por evaporarse. Hoy, por vez primera, es consciente de que él mismo no aparece en ninguna foto. Con recelo, desvía la vista de la pantalla y sólo atisba el vacío. Inútilmente, anhela comprender lo efímero. Entender la nada.

 

 

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Asesino metódico

Instalado en la habitación 303 del hotel Plaza, Bruno Occiso pregunta en recepción si hay algún mensaje a su nombre y le entregan una nota indicando que debe personarse en cierta dirección. El texto detalla asimismo lo que le puede ocurrir a personas allegadas si no obedece las instrucciones, por lo que Bruno se presenta en el domicilio especificado. Un individuo le invita a pasar y suena el eco de un disparo amortiguado por un silenciador, tras lo cual, el hombre que había abierto la puerta sale de la casa. Se dirige al hotel Plaza, donde ha reservado la habitación 303 a nombre de Bruno Occiso. Mientras deshace el equipaje, un empleado le entrega una nota. Si no acude al lugar establecido deberá atenerse a las consecuencias. Preparándose para una ejecución, Bruno Occiso acopla a su pistola un silenciador.

 

Publicado en la revista literaria Monolito.

 

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Hombre prevenido

Todo comenzó un día como otro cualquiera a la hora del almuerzo. Sentado en el bar, advirtió que aquello que se movía en el plato era una cucaracha. Empático con el sufrimiento de los animales, lejos de buscar al camarero para quejarse, se la llevó a casa para ponerla en un terrario con algo de comida. Al otro día, en un nuevo restaurante, mordiendo una manzana dejó al descubierto la cabeza revoltosa de un gusano, que retirado con sumo cuidado de la fruta, se convirtió en compañero de la cucaracha. Para el siguiente almuerzo, optó por comprar un sándwich en el supermercado. Ya con el primer mordisco notó algo duro, pero fue capaz de parar a tiempo para escupirlo sin que se rompiera. Había encontrado un caracol, al cual, cómo no, acogió también en su casa. Durante semanas, consumió desayunos, almuerzos y meriendas en distintos lugares de los que invariablemente salía con algún animal a cuestas. Como aquellos dos días en que encontró un pelo en la sopa. Uno resultó ser de una ardilla que peleaba por escapar de la olla. El otro pertenecía a un macaco espabilado que se había colgado del extractor de la cocina para intentar birlar algo de comida. A estas alturas, sus vecinos ya han comenzado a inquietarse por la acumulación obsesiva de animales, e incluso se preguntan en qué circunstancias habrá obtenido algunos felinos o aquel paquidermo que tiene en el patio. Pero él se muestra indiferente a lo que se comenta a su alrededor. La previsión meteorológica pronostica lluvias torrenciales en todo el territorio con riesgo de inundaciones.

 

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Cambio de papeles

El insomnio es una cosa muy persistente, aún no ha conseguido aprender a dormir en el hospital. Pese al cansancio, continua hablando con su marido mientras le dedica una sonrisa para aplacar sus temores. Evocan un pasado de momentos buenos y no tan buenos, aunque todos emotivos. Se apagan las luces, pero solo cuando está segura de que él duerme, se permite un respiro. Acompañarle estas últimas semanas ha resultado extenuante. Por fin cierra los ojos y se sumerge en un plácido sueño. El hombre, junto a la cama, ni se da cuenta de que su mujer se ha ido.

 

Ganador de la semana el 11/11/2017 y ganador trimestral el 23/12/2017 en el concurso del programa Wonderland de Ràdio 4.

 

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De hombres y otras bestias

El minotauro apenas se defiende, únicamente trata de distraer a Teseo mientras los jóvenes recogen el hilo buscando el camino de salida. El ateniense le hunde hasta diez veces la espada en el corazón, consumido por una rabia fruto de la conjura de aquellos que le debían obediencia. Desconoce que tras volver a arrojar a los muchachos al interior del laberinto, Ariadna ha marchado abandonándole a su suerte. Con el paso de los días, el cuerpo de Teseo se asemeja cada vez más al de un toro, aunque todavía es posible vislumbrar un vestigio de humanidad. Se ensañará sin motivo alguno cuando encuentre la carne fresca que vaga perdida por pasadizos que no llevan a ninguna parte.

 

 

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Despoblación

Según la hemeroteca, fue un granjero el primero que los vio. Habiéndose levantado temprano para ordeñar, descubrió aquellos malditos objetos voladores que luego serían avistados en más de una ocasión. Lo que no contaron los diarios es que fue la arenga del alcalde y la llamada del párroco a defender la villa lo que persuadió a los hombres, entre cigarros y copas, para que sacaran las escopetas. El sonido de los disparos arrancó una ovación en la plaza del pueblo, pero el júbilo cesó de inmediato cuando regresaron los perseguidores. «Estaba oscuro, no sabíamos lo que llevaban». A día de hoy, en ese pueblo casi desierto todo el mundo lo sabe, pero nadie se atreve a mencionar el asunto. Solo de vez en cuando algún vecino borracho habla más de la cuenta, preguntándose dónde enterraron a las cigüeñas.

 

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Levedad de las locuciones

«Mi esposa hace unas tartas de miedo», –presume ante sus amigos mientras la vigila con aire amenazador. Ella contorsiona su rostro en una mueca que solo descifran quienes sobrellevan el martirio de las cadenas. Todos experimentarán un fugaz instante de asombro al descubrir que en realidad hornea unas tartas de muerte.

 

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Mudanza

Tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo. En invierno, esas ventanas que nunca aíslan lo suficiente, abren de par en par las minúsculas habitaciones dejando entrar un viento glacial. Hace tanto frío que se puede conservar un muñeco de nieve en el comedor, aunque moriría asfixiado en verano. Las tuberías húmedas que atraviesan las paredes enfrían el cuerpo e inundan la casa con su olor a rancio. No es lugar para un niño de cinco años, en ningún otro sitio sufriría tantas incomodidades. Esta es la media verdad que explica al vecino mientras recoge del buzón un mazo de papeles con facturas y notificaciones del juzgado. Al salir, observa la calle como quien se asoma a su nuevo hogar.

 

Finalista del mes de septiembre 2017 en el II Concurso de Microrrelatos «La radio en colectivo/Valencia Escribe».

 

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