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Sin techo

A veces duerme y no se percata de nada, aunque a menudo despierta sobresaltado por algún desconocido que se acerca más de la cuenta. Perdido el esplendor de antaño, todo ese tiempo al raso ha dejado huella. Cuando la gente le mira con miedo, e incluso asco, trata de no pensar demasiado, porque si no bebe aún más. Asiduo a los comedores sociales, repletos de personas invisibles que nadie echa de menos, ha optado por camuflarse en el museo de cera para no dormir en la calle. Como cada noche, afila los colmillos y sale a calmar su sed.

 

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