Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

Año: 2018 (Página 4 de 4)

Sin perdón

Hace unos días recibí una carta de mi padre. Una carta imposible, mi padre lleva muerto trece años. De él solo conservo un álbum repleto de ausencias y melancolías, de instantes que nunca existieron. Lamentaba haber vivido tanto tiempo alejados el uno del otro. Tal era su impaciencia por verme que lo había arreglado para poder venir hoy a casa. He esperado todo el día. Como siempre, no ha aparecido.

 

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Consciencia

El rostro que te devuelve el espejo de la habitación no es el tuyo. Abres la puerta para asomar la cabeza y te encuentras con el pasillo de una vieja pensión en la que jamás has estado. Sobre la silla, un uniforme desconocido te insinúa dónde trabajas. El día transcurre repleto de matices irreconocibles, rodeado de personas que se te hacen extrañas. De vuelta, una botella aún medio llena y que nunca compraste, te anima a servirte una copa, preludio de un sueño que te transporta a un mundo al que verdaderamente perteneces. Cuando despiertas, te vistes una vez más con ese uniforme que tanto detestas mientras reniegas del atajo de fracasados que hacen ruido en las habitaciones contiguas. El espejo refleja la imagen de una lágrima y la de una botella medio vacía.

 

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Feroces

Desearía poder rezar, pero no sabe ninguna oración. Va herido y se ha refugiado en el lugar más recóndito de ese bosque que recorre a diario y conoce tan bien. Aunque puede olerles mejor y verles mejor, tal es su agonía que es incapaz de escapar cuando las bestias aparecen apuntando con sus armas. Medio ahogado por la sangre, el grito brota de aquella boca tan grande de lobo, con la esperanza de que la niña pueda oírle mejor antes de que lleguen a la casa.

 

Publicado en el número anual, Año I, de la revista «La sirena varada«.

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Extraños en un tren

Este es el último, he asegurado sin mucha convicción. Nos besamos con la pasión de los amantes recientes, poco importa lo demás. Cada vez que intentamos parar, uno de los dos propone otro de despedida. Llevamos cuatro, o cinco, he perdido la cuenta. Quién sabe, a lo mejor es fruto del amor a primera vista, nos hemos conocido en el tren. Bajamos al andén todavía abrazados. Suéltame tú. No, tú. Y así continuamos en una espiral sin fin hasta que le digo con amargura que tengo un encargo que no puede esperar. Estoy casada, se siente obligada a confesar. El sonido de otro tren que pasa ahoga mi respuesta. Ya lo sé, le he contestado antes de empujarla a la vía.

 

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Profesionales

«Mis órdenes son deshacerme de ti, y debo hacerlo de forma lenta y dolorosa» —dice el sicario a la forense que había descubierto lo que no debía. La víctima inicia un diálogo buscando retardar la ejecución y, como quien acude a una sesión de terapia, el asesino detalla minuciosamente todos sus planes, explicando los motivos para actuar de la forma en que lo hace. Durante ese tiempo la mujer consigue liberarse y espera una oportunidad para escapar. Sin embargo, el relato se va haciendo más interesante a medida que avanza, a la vez que la personalidad del individuo resulta cada vez más cautivadora. El sentimiento es mutuo, por lo que el monólogo se transforma en una animada conversación. El hombre la invita a cenar, no pasa nada por retrasar un poco el encargo. «No creas que hago esto con cualquiera» —afirma ella mientras abre la puerta de casa. La boda no tarda en llegar, pero el trabajo del marido le obliga a pasar mucho tiempo fuera de casa y la falta de convivencia deja huella en la relación. El entusiasmo inicial mengua con el día a día y se convierte en desinterés. Esta noche durante la cena no tienen nada de qué hablar, sólo un escueto «¿me pasas el pan?» ha roto el incómodo silencio. Ninguno de los dos se atreve a decir que ya no ve sentido en la relación. De madrugada ambos sueñan con el otro y con asuntos laborales.

 

Publicado en la revista El callejón de las once esquinas, número 4.

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Sin techo

A veces duerme y no se percata de nada, aunque a menudo despierta sobresaltado por algún desconocido que se acerca más de la cuenta. Perdido el esplendor de antaño, todo ese tiempo al raso ha dejado huella. Cuando la gente le mira con miedo, e incluso asco, trata de no pensar demasiado, porque si no bebe aún más. Asiduo a los comedores sociales, repletos de personas invisibles que nadie echa de menos, ha optado por camuflarse en el museo de cera para no dormir en la calle. Como cada noche, afila los colmillos y sale a calmar su sed.

 

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Supervivientes

Encontró los restos de Bella en el castillo, la Bestia había hecho bien su trabajo. En el corazón del bosque, divisó a una muchacha inmersa en una cruel y lenta agonía que ningún príncipe iba a remediar. Por supuesto, el flautista lo tuvo fácil, los niños se le acercaron sin oponer resistencia. Y allí estaba él, incapaz de distinguir a su presa entre las tres capuchas que podía divisar. Sin duda, le habían tendido una trampa, ninguna era de color rojo, pero estaba anocheciendo y tenía que decidirse. Un minuto después, un charco de sangre envolvía la capucha azul ante decenas de cámaras aparecidas como por arte de magia. Usada como cebo, la presentadora ni siquiera lo vio venir, la ejecución del ataque a la yugular fue casi perfecta. Caperucita suspiró aliviada, una semana más estaba a salvo. El voto del público la había librado de la expulsión.

 

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Incomprendido

Salta entre los árboles columpiándose por las lianas hasta posarse en una rama. En el momento que lanza su potente grito de inspiración tirolesa, se desencadena el caos bajo sus pies. Un grupo de animales se dirige en una estampida atropellada hacia los confines de la selva, escapando de ese alarido punzante que los mortifica. Saluda al chimpancé rezagado que levanta tímidamente la mano para despedirse. Nunca consiguió aprender el lenguaje de la manada de simios que le adoptó. Como tampoco entendía a aquella mujer tan insistente que solo repetía «Yo, Jane» y que hace tiempo que le ha abandonado.

 

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Nuevas experiencias

El barco ha encallado en una fila interminable de rocas. Como sospechaba la tripulación, Casper no tiene ni la menor idea de cómo manejar el navío del capitán holandés. Con las notas de «Unchained melody» de fondo, el fantasma de Canterville no ve cómo salir airoso de la situación, nadie le ha explicado cómo funciona un torno de alfarero y mientras abraza a la chica, le angustia el miedo a no dar la talla. Exhausto de tanto mover muebles y dar portazos misteriosos sin ser visto, el espectro de Abraham Lincoln se rompe la cabeza para descubrir cómo hacer de poltergeist en la pantalla del televisor. Paradójicamente, su sustituto en la Casa Blanca se aburre con desesperación. Por algún motivo, resulta normal ver a un jinete sin cabeza en el sillón presidencial. Nadie recuerda quien tuvo la idea de los intercambios para dar un nuevo impulso a su vida fantasmal, pero lo que está claro es que probar cosas nuevas no ha resultado tan excitante como esperaban. Es lo que pasa cuando contratas con agencias de bajo coste, piensa con resignación Freddy Krueger. Le ha tocado hacer de fantasma de Elvis cuando todo el mundo sabe que es una leyenda urbana. Lo peor es que encima en Graceland le han cobrado entrada.

 

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Payaso callejero

Aparece casi a diario a media mañana, le sirvo su taza de café y lo dejo ensimismado, con los ojos vacíos y la mirada perdida. Siempre acude maquillado, con su traje de rombos y su sombrero. Cuando despertó, el circo ya no estaba allí. O eso dicen, aunque se desconoce en qué momento llegó, dónde vive, ni quién es en realidad. Desde la cafetería, justo enfrente, puedo ver la parada de autobuses donde se esfuerza por conseguir unas monedas o algo de comer. No es un espectáculo al uso, mira fijamente a la gente sin disimulo, con una expresión carente de emociones, a la vez divertida e incómoda, seductora y repulsiva. No hay un solo día en que no caiga en la tentación de observarle, y sin embargo, si me devuelve la mirada finjo interesarme de nuevo en cualquier otra cosa. Nadie sabe si está vivo o muerto. A veces nos hace reír.

 

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