Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

Autor: Lluís Talavera (Página 8 de 12)

Circularidad de los sueños

Nadie repara en aquel hombre sentado en la terraza de la cafetería que maneja el lápiz con movimientos suaves y precisos. Trazo a trazo reproduce hasta el último detalle de la vivienda abandonada que tiene enfrente. Pese a ello, solo es capaz de desterrar la sensación de que el dibujo está incompleto cuando añade una figura femenina, a la que su imaginación atribuye el hechizo de una sirena. Sin que nadie se percate, una mujer asoma por la ventana de la casa con la mirada puesta en los restos de esa antigua cafetería clausurada hace ya tiempo. Un anhelo imperioso le invita a cantar una oda al amante con el que fantasea. Su voz es de las que subyugan sin remedio. Cautivo de aquellas notas, aparece un artista con lápiz y papel en mano.

Nada de esto advierten los transeúntes que diariamente cruzan ese espacio entre la cafetería y el caserón. Como tantas otras cosas, pasan desapercibidos, transitando hacia destinos sin futuro, abarrotados de sueños que siempre acaban igual que empiezan.

 

Seleccionado en la convocatoria de abril de 2018 de Esta Noche Te Cuento.

circularidad-de-los-sueños

Narciso

Desde el día que murió todo fueron elogios a su belleza. Tanta era su soberbia que nunca congenió con sus iguales, de los que aborrecía los andares torpes y su aspecto repulsivo. Solo se aproximó a la verdad cuando dio con aquel estanque y el reflejo sobre aguas cristalinas le mostró un rostro putrefacto. A partir de aquel instante, experimentó tal desapego por la muerte, que día tras día su cuerpo fue recuperando vigor, hasta que llegó el momento en que tuvo que abandonar el cementerio para buscarse la vida. Es el más apuesto de la cola del comedor social.

 

Publicado en Cuentos para el andén, número 65.

 

narciso

Espejismo

El hombre del pañuelo rojo camina desde hace días perdido entre las dunas. Extenuado, a punto de desvanecerse, le parece ver unas sombras a lo lejos que no alcanza a distinguir. Primero piensa que es fruto de su imaginación, pero inmediatamente estalla en sus oídos un estrépito de bombos y trompetas. La incredulidad le da fuerzas para levantarse y mirar. Abre el cortejo la banda de música interpretando un repertorio de las coplas más populares. Tras ellos, las charangas, con pocas personas pero disfraces muy vistosos. Cerrando la marcha, un niño portando una nevera con helados. El hombre disfruta del colorido del desfile, contagiado del ambiente que se respira. Anima con palmas mientras los fastuosos trajes de lentejuelas se mueven con gracia al ritmo de la percusión, deslumbrado y asombrado al mismo tiempo por el espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Un sorbete de limón le trae recuerdos de la infancia y parece saciar de golpe toda su sed. El día transcurre tan alegre y animado que se olvida completamente de que está perdido en el desierto. Al llegar la noche, todos comparten un campamento improvisado. Eso fue hace tres días. Desde entonces, el niño ha ido dejando por el camino los cadáveres de sus padres, sin bombos ni lentejuelas, soñando con un sorbete de limón imposible. Del hombre del pañuelo rojo, ni rastro.

 

Publicado en la revista Almiar

espejismo

 

Sin perdón

Hace unos días recibí una carta de mi padre. Una carta imposible, mi padre lleva muerto trece años. De él solo conservo un álbum repleto de ausencias y melancolías, de instantes que nunca existieron. Lamentaba haber vivido tanto tiempo alejados el uno del otro. Tal era su impaciencia por verme que lo había arreglado para poder venir hoy a casa. He esperado todo el día. Como siempre, no ha aparecido.

 

sin-perdon

Consciencia

El rostro que te devuelve el espejo de la habitación no es el tuyo. Abres la puerta para asomar la cabeza y te encuentras con el pasillo de una vieja pensión en la que jamás has estado. Sobre la silla, un uniforme desconocido te insinúa dónde trabajas. El día transcurre repleto de matices irreconocibles, rodeado de personas que se te hacen extrañas. De vuelta, una botella aún medio llena y que nunca compraste, te anima a servirte una copa, preludio de un sueño que te transporta a un mundo al que verdaderamente perteneces. Cuando despiertas, te vistes una vez más con ese uniforme que tanto detestas mientras reniegas del atajo de fracasados que hacen ruido en las habitaciones contiguas. El espejo refleja la imagen de una lágrima y la de una botella medio vacía.

 

consciencia

Feroces

Desearía poder rezar, pero no sabe ninguna oración. Va herido y se ha refugiado en el lugar más recóndito de ese bosque que recorre a diario y conoce tan bien. Aunque puede olerles mejor y verles mejor, tal es su agonía que es incapaz de escapar cuando las bestias aparecen apuntando con sus armas. Medio ahogado por la sangre, el grito brota de aquella boca tan grande de lobo, con la esperanza de que la niña pueda oírle mejor antes de que lleguen a la casa.

 

Publicado en el número anual, Año I, de la revista «La sirena varada«.

feroces

Extraños en un tren

Este es el último, he asegurado sin mucha convicción. Nos besamos con la pasión de los amantes recientes, poco importa lo demás. Cada vez que intentamos parar, uno de los dos propone otro de despedida. Llevamos cuatro, o cinco, he perdido la cuenta. Quién sabe, a lo mejor es fruto del amor a primera vista, nos hemos conocido en el tren. Bajamos al andén todavía abrazados. Suéltame tú. No, tú. Y así continuamos en una espiral sin fin hasta que le digo con amargura que tengo un encargo que no puede esperar. Estoy casada, se siente obligada a confesar. El sonido de otro tren que pasa ahoga mi respuesta. Ya lo sé, le he contestado antes de empujarla a la vía.

 

extraños-en-un-tren

Profesionales

«Mis órdenes son deshacerme de ti, y debo hacerlo de forma lenta y dolorosa» —dice el sicario a la forense que había descubierto lo que no debía. La víctima inicia un diálogo buscando retardar la ejecución y, como quien acude a una sesión de terapia, el asesino detalla minuciosamente todos sus planes, explicando los motivos para actuar de la forma en que lo hace. Durante ese tiempo la mujer consigue liberarse y espera una oportunidad para escapar. Sin embargo, el relato se va haciendo más interesante a medida que avanza, a la vez que la personalidad del individuo resulta cada vez más cautivadora. El sentimiento es mutuo, por lo que el monólogo se transforma en una animada conversación. El hombre la invita a cenar, no pasa nada por retrasar un poco el encargo. «No creas que hago esto con cualquiera» —afirma ella mientras abre la puerta de casa. La boda no tarda en llegar, pero el trabajo del marido le obliga a pasar mucho tiempo fuera de casa y la falta de convivencia deja huella en la relación. El entusiasmo inicial mengua con el día a día y se convierte en desinterés. Esta noche durante la cena no tienen nada de qué hablar, sólo un escueto «¿me pasas el pan?» ha roto el incómodo silencio. Ninguno de los dos se atreve a decir que ya no ve sentido en la relación. De madrugada ambos sueñan con el otro y con asuntos laborales.

 

Publicado en la revista El callejón de las once esquinas, número 4.

profesionales

Sin techo

A veces duerme y no se percata de nada, aunque a menudo despierta sobresaltado por algún desconocido que se acerca más de la cuenta. Perdido el esplendor de antaño, todo ese tiempo al raso ha dejado huella. Cuando la gente le mira con miedo, e incluso asco, trata de no pensar demasiado, porque si no bebe aún más. Asiduo a los comedores sociales, repletos de personas invisibles que nadie echa de menos, ha optado por camuflarse en el museo de cera para no dormir en la calle. Como cada noche, afila los colmillos y sale a calmar su sed.

 

sin-techo

 

Supervivientes

Encontró los restos de Bella en el castillo, la Bestia había hecho bien su trabajo. En el corazón del bosque, divisó a una muchacha inmersa en una cruel y lenta agonía que ningún príncipe iba a remediar. Por supuesto, el flautista lo tuvo fácil, los niños se le acercaron sin oponer resistencia. Y allí estaba él, incapaz de distinguir a su presa entre las tres capuchas que podía divisar. Sin duda, le habían tendido una trampa, ninguna era de color rojo, pero estaba anocheciendo y tenía que decidirse. Un minuto después, un charco de sangre envolvía la capucha azul ante decenas de cámaras aparecidas como por arte de magia. Usada como cebo, la presentadora ni siquiera lo vio venir, la ejecución del ataque a la yugular fue casi perfecta. Caperucita suspiró aliviada, una semana más estaba a salvo. El voto del público la había librado de la expulsión.

 

supervivientes

« Entradas anteriores Entradas siguientes »

© 2026 Todo cabe

Tema por Anders NorenArriba ↑