Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

Categoría: Sin clasificar (Página 6 de 9)

Imaginación desbordada

—Espejito, espejito, de todas las mujeres, ¿quién es la más hermosa del reino? —preguntó la reina mirando fijamente su reflejo.

—¿Quieres serlo tú? —contestó una voz.

La reina no se esperaba esta reacción. Daba por hecho que la respuesta sería que era ella, inequívocamente, la más bella de todas.

—Claro… —dijo con un titubeo—. ¿Qué debo hacer?

—Tendrás que aprender las materias de la aritmética, es decir, fumar, reptar y, sobre todo, feificar —aseguró la voz.

—¿Qué es feificar?

—¿No sabes qué es feificar? Sabrás por lo menos lo que significa embellecer.

—Quiere decir hacer algo más bello de lo que es —contestó convencida la reina.

—Pues si entonces no sabes lo que significa feificar, es que eres muy tonta. Tendrás que hacerlo con todas las mujeres del reino —concluyó la voz.

La reina, no demasiado hábil con los juegos lingüísticos, prefirió no preguntar nada más y salió de la estancia pensativa, dando por terminada la conversación. En el preciso instante en que se cerró la puerta, el espejo se disolvió por unos segundos en una bruma plateada y Alicia pasó a través de él. Era una suerte que la Falsa Tortuga le chivara lo que tenía que decir, pero maldijo el día en que se le había ocurrido hacer caso a esa loca que pensaba que los espejos hablaban.

 

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Desconocidos

La enfermera le dice que ya puede irse a casa. Después de vestirse y devolver la pulsera de identificación, lo recoge una muchacha que no conoce. Durante el trayecto, le explica que es la nueva niñera, que su hija y su yerno no han podido venir porque están ocupados. La casa es enorme. Escoge un rincón confortable en el que se pasa la tarde leyendo hasta que una voz infantil anuncia a gritos que la cena está lista. En la mesa, su presencia pasa desapercibida, todos están concentrados en otros asuntos. Los adultos están enzarzados en una discusión en la que se comenta que «no puede seguir aquí y tampoco le vamos a pagar una residencia». A la mañana siguiente, el anciano toma una decisión. Simula estar enfermo con la intención de que la joven empleada le lleve a urgencias. Lo hace a la hora justa para que ella no pueda quedarse. De alguna manera consigue que decidan ingresarle. Mientras espera a que le asignen habitación, se fija en un tipo de edad avanzada y aspecto desaliñado. Nadie se percata del intercambio de pulseras. Ha recuperado la que le pusieron cuando entró la primera vez. La que lleva escrito «desconocido».

 

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Petición

Unas rebotaban en infinitud de paredes, como en una especie de frontón, con la esperanza de llegar a su destino. Otras llegaban en un atractivo envoltorio que disimulaba su contenido, pero reclamando a gritos su libertad. Algunas estaban ocultas, suspirando por ser descubiertas. Las palabras contenidas en indirectas, eufemismos e insinuaciones entre líneas llenaban tanto espacio que el sentimiento original parecía encogerse y perderse en un abismo verbal, comprimido como un mensaje metido en una botella y lanzado al mar sin saber si realmente llegará a su destino. De modo que se decidió. Con un ligero temblor en la voz y su mejor sonrisa, dejó ir unas palabras desnudas, entre interrogaciones, consciente de la desesperante incertidumbre que se apoderaría de él hasta saber la respuesta.

 

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Retiro

Ha estudiado concienzudamente cómo preparar la tierra. Dedica un espacio para los tomates, otro para las berenjenas y otro para los pimientos. Fija los trozos de madera para luego atarlos y delimitar los bancales. Nunca dudó de que podría dar un segundo uso a esa cuerda olvidada en el desván. Recuerda a su mujer regañándole por acumular trastos inútiles, parece que fue hace cien años, y seguramente sea así. Ojalá pudiera enseñarle cómo se las ha ingeniado para aprovechar las estacas de aquella turba de ignorantes. A pesar de todo, seguro que le obligaría a deshacerse de los cuerpos desangrados. La verdura la regalará, para no tirarla.

 

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Amores que matan

A esa mujer que a la vuelta de sus viajes cuando hace el equipaje nunca le cabe todo, le aterra la posibilidad de que haya podido dejarse algo tan importante, las discusiones siempre le hacen perder la cabeza. Sus manos navegan con impaciencia por todos los rincones de la maleta hasta vaciarla en un santiamén. Sobre la cama hay unos vestidos, un neceser, cinta americana y un pijama. Sobre la cómoda, una cuerda, ropa interior, somníferos y un frasco de colonia. Pero ese libro del que se ha enamorado no aparece por ninguna parte. Tampoco hay ni rastro de su marido.

 

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Sin perdón

Hace unos días recibí una carta de mi padre. Una carta imposible, mi padre lleva muerto trece años. De él solo conservo un álbum repleto de ausencias y melancolías, de instantes que nunca existieron. Lamentaba haber vivido tanto tiempo alejados el uno del otro. Tal era su impaciencia por verme que lo había arreglado para poder venir hoy a casa. He esperado todo el día. Como siempre, no ha aparecido.

 

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Consciencia

El rostro que te devuelve el espejo de la habitación no es el tuyo. Abres la puerta para asomar la cabeza y te encuentras con el pasillo de una vieja pensión en la que jamás has estado. Sobre la silla, un uniforme desconocido te insinúa dónde trabajas. El día transcurre repleto de matices irreconocibles, rodeado de personas que se te hacen extrañas. De vuelta, una botella aún medio llena y que nunca compraste, te anima a servirte una copa, preludio de un sueño que te transporta a un mundo al que verdaderamente perteneces. Cuando despiertas, te vistes una vez más con ese uniforme que tanto detestas mientras reniegas del atajo de fracasados que hacen ruido en las habitaciones contiguas. El espejo refleja la imagen de una lágrima y la de una botella medio vacía.

 

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Extraños en un tren

Este es el último, he asegurado sin mucha convicción. Nos besamos con la pasión de los amantes recientes, poco importa lo demás. Cada vez que intentamos parar, uno de los dos propone otro de despedida. Llevamos cuatro, o cinco, he perdido la cuenta. Quién sabe, a lo mejor es fruto del amor a primera vista, nos hemos conocido en el tren. Bajamos al andén todavía abrazados. Suéltame tú. No, tú. Y así continuamos en una espiral sin fin hasta que le digo con amargura que tengo un encargo que no puede esperar. Estoy casada, se siente obligada a confesar. El sonido de otro tren que pasa ahoga mi respuesta. Ya lo sé, le he contestado antes de empujarla a la vía.

 

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Sin techo

A veces duerme y no se percata de nada, aunque a menudo despierta sobresaltado por algún desconocido que se acerca más de la cuenta. Perdido el esplendor de antaño, todo ese tiempo al raso ha dejado huella. Cuando la gente le mira con miedo, e incluso asco, trata de no pensar demasiado, porque si no bebe aún más. Asiduo a los comedores sociales, repletos de personas invisibles que nadie echa de menos, ha optado por camuflarse en el museo de cera para no dormir en la calle. Como cada noche, afila los colmillos y sale a calmar su sed.

 

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Supervivientes

Encontró los restos de Bella en el castillo, la Bestia había hecho bien su trabajo. En el corazón del bosque, divisó a una muchacha inmersa en una cruel y lenta agonía que ningún príncipe iba a remediar. Por supuesto, el flautista lo tuvo fácil, los niños se le acercaron sin oponer resistencia. Y allí estaba él, incapaz de distinguir a su presa entre las tres capuchas que podía divisar. Sin duda, le habían tendido una trampa, ninguna era de color rojo, pero estaba anocheciendo y tenía que decidirse. Un minuto después, un charco de sangre envolvía la capucha azul ante decenas de cámaras aparecidas como por arte de magia. Usada como cebo, la presentadora ni siquiera lo vio venir, la ejecución del ataque a la yugular fue casi perfecta. Caperucita suspiró aliviada, una semana más estaba a salvo. El voto del público la había librado de la expulsión.

 

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