Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

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Incomprendido

Salta entre los árboles columpiándose por las lianas hasta posarse en una rama. En el momento que lanza su potente grito de inspiración tirolesa, se desencadena el caos bajo sus pies. Un grupo de animales se dirige en una estampida atropellada hacia los confines de la selva, escapando de ese alarido punzante que los mortifica. Saluda al chimpancé rezagado que levanta tímidamente la mano para despedirse. Nunca consiguió aprender el lenguaje de la manada de simios que le adoptó. Como tampoco entendía a aquella mujer tan insistente que solo repetía «Yo, Jane» y que hace tiempo que le ha abandonado.

 

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Nuevas experiencias

El barco ha encallado en una fila interminable de rocas. Como sospechaba la tripulación, Casper no tiene ni la menor idea de cómo manejar el navío del capitán holandés. Con las notas de «Unchained melody» de fondo, el fantasma de Canterville no ve cómo salir airoso de la situación, nadie le ha explicado cómo funciona un torno de alfarero y mientras abraza a la chica, le angustia el miedo a no dar la talla. Exhausto de tanto mover muebles y dar portazos misteriosos sin ser visto, el espectro de Abraham Lincoln se rompe la cabeza para descubrir cómo hacer de poltergeist en la pantalla del televisor. Paradójicamente, su sustituto en la Casa Blanca se aburre con desesperación. Por algún motivo, resulta normal ver a un jinete sin cabeza en el sillón presidencial. Nadie recuerda quien tuvo la idea de los intercambios para dar un nuevo impulso a su vida fantasmal, pero lo que está claro es que probar cosas nuevas no ha resultado tan excitante como esperaban. Es lo que pasa cuando contratas con agencias de bajo coste, piensa con resignación Freddy Krueger. Le ha tocado hacer de fantasma de Elvis cuando todo el mundo sabe que es una leyenda urbana. Lo peor es que encima en Graceland le han cobrado entrada.

 

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Payaso callejero

Aparece casi a diario a media mañana, le sirvo su taza de café y lo dejo ensimismado, con los ojos vacíos y la mirada perdida. Siempre acude maquillado, con su traje de rombos y su sombrero. Cuando despertó, el circo ya no estaba allí. O eso dicen, aunque se desconoce en qué momento llegó, dónde vive, ni quién es en realidad. Desde la cafetería, justo enfrente, puedo ver la parada de autobuses donde se esfuerza por conseguir unas monedas o algo de comer. No es un espectáculo al uso, mira fijamente a la gente sin disimulo, con una expresión carente de emociones, a la vez divertida e incómoda, seductora y repulsiva. No hay un solo día en que no caiga en la tentación de observarle, y sin embargo, si me devuelve la mirada finjo interesarme de nuevo en cualquier otra cosa. Nadie sabe si está vivo o muerto. A veces nos hace reír.

 

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Contradicción

El problema es que hace tiempo que solo hay una convivencia disfrazada de matrimonio, una relación apacible pero baldía arrastrada durante años. Duermen siempre de espaldas al otro, manteniendo un perpetuo desapego. Durante las comidas permanecen remotos, ignorándose con atroz indiferencia. Mañana, al percatarse de que en una especie de transmutación siamesa sus espaldas se han fusionado, experimentarán el anhelo nostálgico de no poder decirse las cosas mirándose a los ojos.

 

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Fe ciega

Viendo a un joven pedir limosna al salir del templo, sus seguidores le preguntaron al profeta por qué el muchacho no había nacido ciego. «Nació así para mostrar cómo el poder divino lo sana» –contestó. Entonces hizo lodo con la tierra, se lo puso al joven en los ojos y le dijo que fuera a lavarse. Al volver, había perdido la vista. «Cuando estoy en este mundo solo yo soy la luz» –proclamó el maestro mientras dejaba caer en el talego las monedas que había en el platillo de su nuevo discípulo.

 

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En garantía

Un oso hormiguero está sentado al lado del niño. Su madre, imperturbable, le ha servido un plato de insectos vivos que no tienen intención de quedarse quietos. Como si todo fuera normal, a él su padre le sirve un estofado de cordero, pero apenas llega a probarlo. Intenta mencionar el tema pero inmediatamente se le ordena callar. El desasosiego se apodera del chiquillo cuando se encuentra con la mirada enojada del animal, que tampoco come y ni siquiera parpadea. Finalmente, pide permiso para levantarse, corre a su habitación y empieza a rellenar el formulario de devolución. La situación es disparatada. Obviamente estos padres han salido defectuosos, no tienen ni idea de cocina.

 

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Ley de vida

Tras considerar otras criaturas mitológicas, no pude resistir la tentación. Seducido por el color dorado de su cola me compré una sirena. Me llevó cierto tiempo aprender a mantenerla en un piso de forma adecuada. Cuando el acuario se quedó pequeño, la trasladé a la bañera, añadiendo rocas y algas para crear un ambiente confortable. La alimentación también fue un quebradero de cabeza, nunca sabía si le daba poco o era demasiado, pero al final le cogí la medida. Con todo, no me arrepiento de mi elección. Me gusta encontrarla al llegar, meneando la cola para recibirme de esa forma tan simpática. Es cariñosa y divertida, y no cambiaría por nada los domingos de cartas y té de jazmín. Cuando estoy fuera, dejo las llaves de casa a algún vecino para darle de comer. Me sabe mal, pero nunca les aviso de que se pongan tapones en los oídos, por eso de no quedar subyugados por su voz cautivadora. Si no, de qué iba a vivir la pobre.

 

 

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Limbo

Aquel hombre que cuando viaja solamente tiene ojos para su cámara, se estremece de angustia si se deja algo por fotografiar. Lo que la lente no capta se convierte en un recuerdo dudoso que, con el tiempo, acaba por evaporarse. Hoy, por vez primera, es consciente de que él mismo no aparece en ninguna foto. Con recelo, desvía la vista de la pantalla y sólo atisba el vacío. Inútilmente, anhela comprender lo efímero. Entender la nada.

 

 

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Hombre prevenido

Todo comenzó un día como otro cualquiera a la hora del almuerzo. Sentado en el bar, advirtió que aquello que se movía en el plato era una cucaracha. Empático con el sufrimiento de los animales, lejos de buscar al camarero para quejarse, se la llevó a casa para ponerla en un terrario con algo de comida. Al otro día, en un nuevo restaurante, mordiendo una manzana dejó al descubierto la cabeza revoltosa de un gusano, que retirado con sumo cuidado de la fruta, se convirtió en compañero de la cucaracha. Para el siguiente almuerzo, optó por comprar un sándwich en el supermercado. Ya con el primer mordisco notó algo duro, pero fue capaz de parar a tiempo para escupirlo sin que se rompiera. Había encontrado un caracol, al cual, cómo no, acogió también en su casa. Durante semanas, consumió desayunos, almuerzos y meriendas en distintos lugares de los que invariablemente salía con algún animal a cuestas. Como aquellos dos días en que encontró un pelo en la sopa. Uno resultó ser de una ardilla que peleaba por escapar de la olla. El otro pertenecía a un macaco espabilado que se había colgado del extractor de la cocina para intentar birlar algo de comida. A estas alturas, sus vecinos ya han comenzado a inquietarse por la acumulación obsesiva de animales, e incluso se preguntan en qué circunstancias habrá obtenido algunos felinos o aquel paquidermo que tiene en el patio. Pero él se muestra indiferente a lo que se comenta a su alrededor. La previsión meteorológica pronostica lluvias torrenciales en todo el territorio con riesgo de inundaciones.

 

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De hombres y otras bestias

El minotauro apenas se defiende, únicamente trata de distraer a Teseo mientras los jóvenes recogen el hilo buscando el camino de salida. El ateniense le hunde hasta diez veces la espada en el corazón, consumido por una rabia fruto de la conjura de aquellos que le debían obediencia. Desconoce que tras volver a arrojar a los muchachos al interior del laberinto, Ariadna ha marchado abandonándole a su suerte. Con el paso de los días, el cuerpo de Teseo se asemeja cada vez más al de un toro, aunque todavía es posible vislumbrar un vestigio de humanidad. Se ensañará sin motivo alguno cuando encuentre la carne fresca que vaga perdida por pasadizos que no llevan a ninguna parte.

 

 

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