Mundos paralelos, ruptura de expectativas, cambios de contexto, suspense, humor, terror…, todo cabe en un microrrelato si lo narras y lo estrujas bien.

Categoría: Sin clasificar (Página 8 de 9)

Despoblación

Según la hemeroteca, fue un granjero el primero que los vio. Habiéndose levantado temprano para ordeñar, descubrió aquellos malditos objetos voladores que luego serían avistados en más de una ocasión. Lo que no contaron los diarios es que fue la arenga del alcalde y la llamada del párroco a defender la villa lo que persuadió a los hombres, entre cigarros y copas, para que sacaran las escopetas. El sonido de los disparos arrancó una ovación en la plaza del pueblo, pero el júbilo cesó de inmediato cuando regresaron los perseguidores. «Estaba oscuro, no sabíamos lo que llevaban». A día de hoy, en ese pueblo casi desierto todo el mundo lo sabe, pero nadie se atreve a mencionar el asunto. Solo de vez en cuando algún vecino borracho habla más de la cuenta, preguntándose dónde enterraron a las cigüeñas.

 

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Levedad de las locuciones

«Mi esposa hace unas tartas de miedo», –presume ante sus amigos mientras la vigila con aire amenazador. Ella contorsiona su rostro en una mueca que solo descifran quienes sobrellevan el martirio de las cadenas. Todos experimentarán un fugaz instante de asombro al descubrir que en realidad hornea unas tartas de muerte.

 

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Autoestima

Su optimismo aumenta al comprobar que el precio de salida no es muy elevado. Obviamente las expectativas del propietario son modestas y eso le beneficia. No obstante, en poco tiempo las ofertas comienzan a subir de forma escandalosa, hasta alcanzar una cantidad a todas luces excesiva. La subasta está a punto de finalizar sin que haya hecho ninguna puja y todavía duda si vale la pena ofrecer tanto. Lo piensa durante un breve instante y toma una decisión. Tras el golpe de martillo que anuncia la venta, se queda esperando a que unos empleados se acerquen a él con material de embalar. Escrupulosamente, lo desconectan y lo meten en una caja que será entregada al ganador del primer computador consciente de la historia.

 

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Viuda negra

Tras descubrir que su amada no acudirá a la cita, cae inerte el cuerpo de Romeo con veinte heridas de acero. «Hay más peligro en tus ojos que en medirse a veinte espadas» –proclamó sin sospechar que ella enviaría a sus sirvientes para mantenerlo a salvo de su mirada. Sin duelo ni entierro, la muchacha ordena hacer desaparecer el cuerpo. «Conservar algo que me ayude a recordarlo sería admitir que le puedo olvidar», –explica al joven deseoso de consolarla que admira sus ojos por última vez.

 

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Fetichismo racional

La parte en dos trozos, y cada uno de éstos en dos trozos más, emprendiendo una serie sucesiva, programada y sistemática de fragmentaciones. Dos a la dos, cuatro; dos a la tres, ocho, va calculando potencias para saber cuántas partes lleva hasta llegar a quinientos doce, momento en que repara que tras la siguiente repetición tendrá mil veinticuatro. El androide llora, incapaz de desterrar su rabia rompiendo la carta en mil pedazos como sugería la terapia. Su amor no recorre fases, es binario, la quiere o no. Conserva los veinticuatro trozos sobrantes para hacer un ritual de brujería blanca.

 

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Ausencia presente

De no ser por un obituario en la prensa, no se habría enterado de que hoy era su entierro. Todos sus allegados estuvieron presentes, el único desconocido fue aquel señor de aire solemne con aspecto de notario. Se ofició una misa muy emotiva frente a un lujoso féretro sin coronas de flores y en la que nadie lloró. Tras la ceremonia hubo celebración. Lluvia de confeti, salva de aplausos y mucho alboroto. Baile, risas y canciones desafinadas por el alcohol. Lo cierto es que se había preocupado tanto por la posibilidad de que nadie asistiera a su funeral, que ser la causa de tanto júbilo le conmovió profundamente. Mientras piensa en el pobre diablo que han enterrado en su lugar, se pregunta quién es él para privar a los suyos de tanta felicidad. Recostado en la bañera, observa fijamente una cuchilla de afeitar.

 

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El dinero no da la felicidad

Estaba a punto de tirar el recibo del cajero automático, cuando reparó en un texto inusual tras la ristra de números: «me gustaría volver a verte». Curioso por ver qué ocurría, realizó otra operación y la máquina extendió un nuevo comprobante con evidente propósito de flirteo. Al principio pensó que se trataba de una broma y se olvidó del asunto, pero con el tiempo le empezó a rondar por la cabeza la posibilidad de llevar a cabo un experimento. Decidido, acudió al cajero, seleccionó la opción de ingresar y junto con los billetes introdujo una nota. La respuesta resultó muy ingeniosa y le arrancó una sonrisa. A partir de ese momento mantuvo numerosas conversaciones sacando dinero en pequeñas cantidades que volvía a ingresar de inmediato. Descubrió que tenían muchas cosas en común, y pronto presintió que esa amistad se podía convertir en algo más. El día que caducó la tarjeta, pasó la noche inquieto, fantaseando con mensajes apasionados. En cuanto recibió una nueva, acudió a hacer un ingreso, pero únicamente obtuvo un comprobante con los datos de la transacción. Insistió varias veces, desesperado, hasta que finalmente consiguió una respuesta. No te conozco, déjame en paz, decía.

 

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Consecuencias de la ignorancia

«No se nada, eso lo lleva mi marido» –alega Cristina ante el juez a todas y cada una de las preguntas que le formulan. La esposa del cargo público acusado de soborno utiliza la misma evasiva durante horas hasta que finalmente logra que la dejen marchar. Para un taxi para volver a casa, pero al preguntar el taxista el destino, responde de nuevo que no sabe nada, que eso lo lleva su marido. Perplejo, el conductor la deja en la parada de autobús más próxima, donde la casualidad le conduce a un encuentro fortuito con su amiga Sofía. Tomando un café, Sofía confiesa que sufre una crisis de inseguridad, cuestionándose si todavía resulta atractiva a los hombres, a lo que Cristina replica, sin variar ni una coma de su discurso, que no sabe nada, que eso lo lleva su marido. Al llegar a casa, los niños preguntan por su padre, a lo que ella contesta que no lo sabe, que «etcétera». Precisamente su marido se encuentra en casa de Sofía, que lo ha invitado porque según ha sabido por una fuente de confianza, es la persona que lleva el tema de su atractivo, que por cierto, está bastante subido. Y ya se sabe que una cosa lleva a la otra.

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(In)culto al cuerpo

Acumulando lipoesculturas, cirugía de párpados y algún retoque de mentón consiguió cambiar su aspecto en poco tiempo. Solo tras comprender que la verdadera belleza está en el interior superó su adicción a la cirugía. Desde que le trasplantaron el pulmón de aquel actor tan sexy, tiene alergia a los cacahuetes.

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Hasta que la muerte los separe

De madrugada, el día en que hace un año exacto que murió, deambula por el campo buscando las mejores flores, no tiene dinero para comprarlas. Recorre de forma discreta el camino que lleva hasta donde se halla su esposa, deposita el ramo con las manos aún llenas de tierra y parte antes de que amanezca.

Al despuntar el alba, la mujer abre los ojos. Inadvertidamente, desmonta un ramo de flores cuando su mano asoma a la superficie tras arañar frenéticamente la tierra que cubre la fosa. Desolada, llora ante una lápida que lleva inscrito el nombre de su marido.

 

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